A continuación publicamos el relato ganador de la X Edición del Certamen Literario Internacional "Villa de Montánchez".
Los círculos de la noche
Premio Literario Villa de Montánchez Los círculos de la noche"pseudónimo- Beryl. AUTOR: Vicente Pérez Masedo, domiciliado en Madrid.El tren avanza en la certeza nocturna y sólida de los raíles. La luna, la lápida circular bajo la que estamos todos, queda oculta, por un instante, tras el túnel. Es la última noche.Nací vienes el treinta de agosto de 1904. La opulencia, las vetas pálidas de los suelos de mármol, los cubiertos de plata, el susurro limpio de los cortinajes de terciopelo protegieron, con cálida suavidad, mi infancia. Mi madre era delicada y rubia; siempre juzgó impropio, en sus comedidos gestos, que sus expresiones de amor rebasasen los estrechos márgenes de las frías reglas que proporcionan una estricta educación. Tras el beso, se creía en la obligación de enseñarme oraciones que yo me creí en la obligación de olvidar. Mi padre practicaba la modalidad moderna de la videncia: era inversor. Vivía instalado en el desasosiego: recorría el mundo considerando cada negocio rentable en el que no participaba como un agravio personal. En Asia Menor, desde 1890, los grupos financieros alemanes, británicos y franceses trataban de obtener concesiones de ferrocarriles. Mi padre eligió con exactitud su augurio: la situación de preponderancia pertenecería a Alemania. Hipotecó sus propiedades para apostar por los títulos que trataba de colocar en el mercado bursátil la compañía que, un año y medio después, en 1903, tutelada por el gobierno de Berlín, obtuvo del Imperio otomano el dominio de una vasta red de trenes que debía tener por arteria principal una línea que uniese el Bosforo con Bagdad, y luego con el golfo Pérsico. Los acuerdos implicaban privilegios para la explotación de los recursos mineros en las regiones que se atravesaran. La gravedad de su éxito, la riqueza estruendosa y estable que mi padre arrebató para nuestra familia, me evitó la desagradable fatalidad de tener queparecerme en algo a él. El dinero, ya que lo tuve en exceso siempre, no ha ocupado nunca ni un segundo de mis pensamientos. Los hombres obsesionados con aumentar su fortuna acaban pareciéndose a los cerdos amaestrados que se usan para encontrar trufas. Mi infancia, por otra parte, no carece de subterráneos y lugares sin luz, pero en ella también hay estrellas que brillan, imágenes y sucesos que, bajo los focos inmodestos de las impresiones perdurables, aún recorro en mis recuerdos. La enfermedad me conservó cautivo un año en casa, durante el cual me fue negado pasear sobre las tres líneas de bulevares de la Ringstrasse y ver a veces al emperador, solo en su calesa, cubierto con un bicornio de plumas negras, llevando como única escolta un oficial con el sable desenvainado. Apoyado en la terraza que se elevaba sobre el jardín, contemplaba los mares rojos de las rosas, movidos por la ira transparente del viento. En esos días se depositaron en mi frente extraños deseos, imágenes que exigían su consumación. Confinado en la mansión, de aquel tiempo sólo añoro la amistad de Heinrich, el hijo del mozo jardinero. Representábamos ficticias batallas de final victorioso y tomábamos al asalto los largos pasillos nivelados por las alfombras con nuestras ruidosas travesuras, con nuestras contagiosas risas. Mi padre, aparte de bonos, coleccionaba, al modo de condecoraciones que le recordaban en momentos de duda la eficacia de sus decisiones, trenes en miniatura y, fruto de una serie de regalos, armas. Las guardaba en los anaqueles de un armario con chapado de ébano y adornos de bronce. Una mañana entré en su despacho y acerqué la pulida superficie de una pistola a mi rostro. Había algo inquietante en el contraste entre la suavidad de su culata de nácar cuidadosamente labrada y los efectos radicales para los que fue construida. La habitación olía a la equilibrada oscuridad del tabaco. Fuera, Heinrich, con el flequillo oscilando sobre su escueta frente, difuminado tras el estanque geométrico, sonrió en espera de reanudar la partida: las largas carreras en las que, exhaustos y paralelos al enrejado, cruzando el paseo principal, competíamos. Uní la pistola a su pecho y disparé. Vi devoto como se demora líquida y caprichosa la muerte: sus ojos devastados por la sorpresa, su sangre sorteando la maraña de las arterias y desbordándose hambrienta sobre el césped esmeralda, su mano, enredada en las anémonas, moviéndose como un débil pájaro azul entregado a una trampa definitiva. Enseguida, alarmados al oír el sonido del disparo, llegaron allí mi padre y un par de criados. Dije, ante sus miradas atónitas, que habíamos cogido la pistola para jugar y, desconociendo que estaba cargada, se nos disparó. Mentía: me molesté en comprobar que existía una bala en su cargador. Pero nadie desdijo mis explicaciones. Mis lágrimas infantiles fueron mi densa coartada. La vida consiste en hechos. Y los accidentes trágicos no son una excepción, sino un hecho más.El tren gira de golpe como bajo un brumoso oleaje. Enciendo un cigarrillo para mirar mis dedos temblorosos, embutidos en las tonalidades amarillas de la nicotina. Ei temblor de mi mano no declina, sino que, imbuido de una ciega tenacidad, crece cuanto más intento contenerlo.Los estudios superiores trajeron la primera separación de mi familia: vagué de una universidad a otra, de Bonn a Würzburg, de Friburgo a Munich, antes de concluir, en Heidetberg, con el doctorado que regía un sabio y flemático profesor de matemáticas, Friedrich Gundolf. Los estudiantes, descendientes de familias burguesas, renegaban de las costumbres de su clase y formaban asociaciones que imitaban un hábito de la nobleza: los duelos que se consumaban bruscamente con el impúdico orgullo de las heridas y la sangre. Enaltecido, al principio, por el alcohol de los cafés tumultuarios, participé ferviente en ellos. Mi padre murió el diez de octubre de 1925; mi madre el tres de febrero del año siguiente. Según mi diagnóstico por la misma causa: el uso continuado y abusivo de las frases hechas y el aburrimiento. Por la amplitud mayestática de las propiedades y las rentas que heredé, era ocioso todo acto útil que saliera de mí. Ni siquiera me afectaron las catástrofes económicas que, durante un tiempo, al modo de la menor longitud de las faldas, impusieron su moda. Frecuentaba los bordes de la ciudad antigua y los alrededores de la estación Hauptbahnhof ; aquella abigarrada embajada de Babel, en que se codeaban checos, eslovacos, magiares, rumanos, dálmatas, así como también judíos de los guetos orientales que llevaban el sombrero rojo de piel y el caftán. De día me acogía a la benevolencia de la biblioteca familiar: Schiller, Hornero, Schopenhauer, Horacio, Kant, Shakespeare. Pisaba las calles, dominadas por la oscuridad y el silencioso mimetismo de los gatos, de noche. En los barrios de las afueras, un conglomerado hambriento vivía en los recodos de las alcantarillas: mujeres y hombres, niños de tez amarilla, anímales vacíos, carne temblorosa bajo mis ojos, seres quebrados y harapientos que yacían en oquedades estrechas como tumbas. No hubo exceso que no compartiera mi nombre, ni límite que, desdeñando iodos los asideros, no rebasase. Pero sabia que la intrigante suerte también se extingue y que en cualquier momento podía ser detenido. Por ello, inicié un viaje con el propósito de abandonar para siempre Viena. Tras un enmarañado trayecto en automóvil, recorrí la siguiente ruta en un tren azur y turbulento: Krems, Stein, Klosterneuberg, Zurich, Berlín. Llegué a la capital de Alemania a finales de 1933, aquel año en que los nazis tomaron el poder.El tren pasa delante de rótulos ilegibles por la velocidad, tejados tiznados y trémulos, construcciones mal iluminadas. El tren se para. Bajo la quietud de la máquina, las dóciles ramas de los árboles se resquebrajan en sombras curvas que parecen ampararme.Aunque carecían de interés para mí, era imposible desconocer puntualmente las variaciones en las relaciones internacionales y en los extensos y reiterativos campos de batalla: la inmediata derrota de Paris, los vuelos de la Luftwaffe sobre el canal de la Mancha para rendir explosivo tributo a Londres, el reto al tozudo Stalin y la marea del ejercito soviético brotando entre la nieve... Me ocultaba del presente en el cabaret "Der Komiker". Mujeres que cruzaban las piernas con una lenta y lánguida simetría se adueñaban, noche tras noche, de la sala. Los bailes discurrían insistentes y circulares entre las mesas, inflamadas de luz por el cristal de las botellas de coñac y los vasos vacíos. Cantantes de medias nítidas y voz ronca, preciosistas músicos iniciados en el recién prohibido jazz, actores con frac y sonrisa pintada en carmín, magos que producían palomas desconcertadas se turnaban en el escenario. Al salir, recobraba mi rostro en el espejo del guardarropa y compartía con él aquella broma. El Todo Poderoso y Benevolente Dios me había concedido apariencia humana, pero al mismo tiempo, jugando conmigo, deseos incontrolables que me condenaban al crimen y a la soledad. Me sentía como un vampiro. Vivía entre flores raras, entre el perfume de sus pérfidos y crueles peíalos. Me protegía una cúpula que me conducía al pasado: el prefecto de policía de Berlín, conde Helldorf, noble de peso bovino y amenas palabras, que desdecía certeramente con sus actos sus compactas convicciones, fue condiscípulo y amigo íntimo de mi padre. En recuerdo a mi predecesor, me dignó con su afecto. No rechazó ofrecerme favores. Ningúnpolicía me persiguió- Hice lo que quise. Fui intocable. Pero su muerte, por una enfermedad improvisada y feroz, afectó a mi impunidad. Eso me permitió conocer a Saskia.El tren vuelve a moverse. ¿Cuál será la próxima parada? ¿Habrá más paradas antes del final del viaje?En el verano de 1942 fui conducido a la sede de la Gestapo. Un niño había desaparecido y su padre, un capitán de las SS, elaborando con un celo artesanal sospechas, quiso demostrar, sin conseguirlo, que mi compañía previa fue la causa. Mi estancia fue breve e inocua. En aquellos pasillos vi, por primera vez, a Saskia. Atendía diligente con su desprecio a los agentes que impávidos la custodiaban. La volví a descubrir dieciséis días después en una fiesta en el Hotel Edén, un invernadero de cuencos de caviar y collares de perlas en el que jerarcas del régimen, damas de la buena sociedad y empresarios dúctiles urdían, atareados como red y araña, rentables relaciones, protectores negocios. Desde el otro extremo de la sala, Saskia se acercó a hablar conmigo. Un error sustentaba su confianza. Creyó que mi estancia en la Gestapo se debía, como la suya, a indicios de resistencia al nazismo. Me asombró la consistencia juvenil de su entusiasmo: esa epidemia de la que yo carecía. Insistió, bajo los estandartes del champán, en confidencias ruidosas, deslavazadas. Invitado por ella, caí en el hábito de visitarla en el apartamento que compartía con Ernest, su marido, heroico piloto de la Luftwaffe dotado para el altruismo, los monólogos y la ubicuidad. En una de aquellas tardes, amenizadas por té y fonógrafo, se desentendieron de la última máscara y me ofrecieron pertenecer al grupo de resistencia que manejaban ambos. Dije si como se acepta una apuesta arrogante, absurda: para que nadie subestime nuestro valor.El tren disminuye su marcha.Los conjurados eran diplomáticos y militares de alta graduación. En las reuniones que no pude soslayar, destacaban, inmersos en el Apocalipsis que vivía Alemania, sobre todo la vulgaridad de Hitler; les humillaba, con el sentimiento de catástrofe que en un dandi produce una corbata fuera de tono, que un burdo e histérico cabo austríaco los fiderase. Sólo Saskia entre ellos reparaba en las víctimas. Sentía el horror de los vagones herméticos usados en Berlín para gasear a los enfermos que se consideraban indignos para la vida.Oía el sonido de los trenes como otros oímos el sonido de nuestro corazón. Trenes que incansables, desde todos los puntos de Europa, obsesivamente puntuales, en precisos itinerarios, bajo una fatigosa planificación, se bombeaban cargados de judíos hacia los campos de exterminio. Trenes que en apariencia, para un observador indiferente que los viese pasar en la distancia, en nada se diferenciarían del que me lleva a la prisión de Flossenburg, en la que seré ahorcado hoy.Mi detención no obvió ningún formalismo- Habecker, el comisionado de la policía, fue meticuloso: sus pruebas concordaban con mi memoria. Con la convicción de que yo era el culpable de las desapariciones de niños que últimamente habían ocurrido en Berlín, reconstruyó mi vida, desde el presente hacia el pasado, con el método inusual de destripar los sótanos de los edificios que yo había habitado en los últimos tres años. Cifró un número de cadáveres infantiles desenterrados, más de cuarenta, y me ofreció una definición: "No son los actos, somos nosotros los nacionalsocialistas los que decimos quién es un criminal y quién no". Y es que durante los registros reventaron mi caja fuerte y encontraron algo que no esperaban: papeles que me inculpaban como conspirador. Por lo que me propuso olvidar la intensa investigación de mi expediente, incluido a los niños asesinados, a cambio de palabras que, congraciándome con el régimen nazi, identificaran a los que me acompañaban en los planes de rebelión. Mi negativa me otorgó el afilado hielo de la tortura y una prevista condena a muerte. Me divierte pensar, con la capitulación de Alemania cerca, con sus ejércitos otrora poderosos y hoy exhaustos, en los malentendidos que he creado y me sobrevivirán. Deseché la delación y seré héroe para algunos. Pensarán que lo hice por amor a Saskia o por un anhelo de purificar mi existencia con un sacrificio final. E incluso alguien defenderá que los niños asesinados nunca existieron, sino que fueron inventados por la Gestapo para manchar conmigo a todos los que luchaban contra Hitler. Pero la verdadera razón que me llevó a no delatar a nadie fue Habecker, mi interrogador. Desprecio a los que se engañan a si mismos. Distinguí que él era como yo: disfrutaba con el asesinato. Era el norte de su vida. Amaba la sangre. Le producía tanto placer como a mí. Mas incapaz de aceptarlo, se escondía, con su mente disciplinada y su experiencia jurídica, tras el lenguaje del poder y del orden establecido por los nazis. Pero yo no seguí su juego. Yo no leseñalaría traidores, como un dócil perro de caza, para que los pudiera torturar y matar, pero limpiando su conciencia con la idea de que lo hacia no porque gozase con ello, sino porque servía al Estado alemán y no le cabía otra opción que obedecer las órdenes del führer. Yo no quise dejar que me usase como justificación. Eso fue todo. Nada más.El tren se detiene. El guardia, tras abrir el compartimiento, me esposa de nuevo y me obliga a descender. Extrañamente, silencio. |